Notas
1. El “Diamante de la Perfecta Sabiduría” nº 16 es una modesta contribución completamente oficiosa (fuera del plazo de inscripción) a la reflexión de los miembros de la comunidad Jôdo-Shinshû reunidos para la conferencia 2025 del IABC en septiembre en Oxford, cuyo tema será “Paz y Armonía”.
2. Un productor de iconos inserto en un canal de transmisión regular —un escultor de Budas, en este caso— aprende que cuatro elementos fundamentan el arte sagrado que practica: una doctrina espiritual, formas, técnicas y materiales. Con el paso del tiempo, la comprensión de la doctrina (que otorga legitimidad, armonía, regularidad y solidez al conjunto) tiende a perderse, mientras que las formas, técnicas y materiales perduran. Luego las formas empiezan a corromperse, aunque las técnicas y materiales subsisten. Después, las técnicas se corrompen, mientras que los materiales permanecen; y, finalmente, también los materiales acaban por corromperse. Este proceso ocurre de forma natural, a ritmos y en combinaciones variables. Prolongando esta perspectiva como un reflejo oscuro y confuso, las tecnologías digitales de comunicación ligadas a Internet se asemejan, por su estructura y sobre todo por sus efectos, a las peores contra-iconas imaginables, si es que se examinan estos fenómenos “infra-transhumanistas” desde los principios que rigen la reproducción de la imagen del Buda.
3. Referencia hecha al sueño de Daniel.
4. Sin embargo, es hacia este marasmo —comparable a la sociedad antigua en sus horas más oscuras si nada viene a contrarrestar esta decadencia, — que el Consejo Federal se empeña en empujar a Suiza por la espalda, despreciando la neutralidad que constituye su herencia más preciada y traicionando (a través de algúna votation adulterada con salsa europea) a una población que, en realidad, está profundamente apegada a ella. Conviene recordar que, tras las conmemoraciones del bicentenario de los congresos de Viena y de París, menos de diez años le bastaron al Consejo Federal para “olvidar” de pronto que el Estado federal, las fronteras y la neutralidad perpetua de Suiza se deben a un Zar de Rusia: Alejandro I, y a su Ministro Plenipotenciario, el Conde Jean Antoine de Capo d’Istria, quien también obtuvo la independencia del Cantón de Vaud frente a los berneses. ¡Qué extraña idea de la gratitud tienen los miembros actuales del Consejo Federal, que conciben la perpetuidad de forma aún más extraña! Estos últimos, tan prestos a colaborar, harían bien en considerar el hecho de que, tras este “olvido”, algunos entre sus detractores más inteligentes, han llegado a compararlos no ya con sabios, sino con enanos de jardín, aunque deprovistos incluso de las cualidades que encierran esas interesantes figuras de los cuentos populares.